el mar, la nave, el día se desterraron juntos.

Ven a ver los cerezos del agua constelada

y la clave redonda del rápido universo,

ven a tocar el fuego del azul instantáneo,

ven antes de que sus pétalos se consuman.

No hay aquí sino luz, cantidades, racimos,

espacio abierto por las virtudes del viento

hasta entregar los últimos secretos de la espuma.

Y entre tantos azules celestes, sumergidos,

se pierden nuestros ojos adivinando apenas

los poderes del aire, las llaves submarinas.

Soneto XXV

Antes de amarte, amor, nada era mío:

vacilé por las calles y las cosas:

nada contaba ni tenía nombre:

el mundo era del aire que esperaba.

Yo conocí salones cenicientos,

túneles habitados por la luna,

hangares crueles que se despedían,

preguntas que insistían en la arena.

Todo estaba vacío, muerto y mudo,

caído, abandonado y decaído,

todo era inalienablemente ajeno,

todo era de los otros y de nadie,

hasta que tu belleza y tu pobreza

llenaron el otoño de regalos.

Soneto XXVI

Ni el color de las dunas terribles en Iquique,

ni el estuario del Río Dulce de Guatemala,

cambiaron tu perfil conquistado en el trigo,

tu estilo de uva grande, tu boca de guitarra.

Oh corazón, oh mía desde todo el silencio,

desde las cumbres donde reinó la enredadera

hasta las desoladas planicies del platino,

en toda patria pura te repitió la tierra.

Pero ni huraña mano de montes minerales,

ni nieve tibetana, ni piedra de Polonia,

nada alteró tu forma de cereal viajero,

como si greda o trigo, guitarras o racimos

de Chillán defendieran en ti su territorio

imponiendo el mandato de la luna silvestre.



10 из 39