sin dirección, errante como una pobre barca,

entre los horizontes del orden y del sueño.

Las cosas quieren arrastrar vestigios,

adherencias sin rumbo, herencias frías,

los papeles esconden vocales arrugadas

y en la botella el vino quiere seguir su ayer.

Ordenadora, pasas vibrando como abeja

tocando las regiones perdidas por la sombra,

conquistando la luz con tu blanca energía.

Y se construye entonces la claridad de nuevo:

obedecen las cosas al viento de la vida

y el orden establece su pan y su paloma.

Soneto XXXIII

Amor, ahora nos vamos a la casa

donde la enredadera sube por las escalas:

antes que llegues tú llegó a tu dormitorio

el verano desnudo con pies de madreselva.

Nuestros besos errantes recorrieron el mundo:

Armenia, espesa gota de miel desenterrada,

Ceylán, paloma verde, y el Yang Tsé separando

con antigua paciencia los días de las noches.

Y ahora, bienamada, por el mar crepitante

volvemos como dos aves ciegas al muro,

al nido de la lejana primavera,

porque el amor no puede volar sin detenerse:

al muro o a las piedras del mar van nuestras vidas,

a nuestro territorio regresaron los besos.

Soneto XXXIV

Eres hija del mar y prima del orégano,

nadadora, tu cuerpo es de agua pura,

cocinera, tu sangre es tierra viva

y tus costumbres son floridas y terrestres.

Al agua van tus ojos y levantan las olas,

a la tierra tus manos y saltan las semillas,

en agua y tierra tienes propiedades profundas

que en ti se juntan como las leyes de la greda.

Náyade, corta tu cuerpo la turquesa

y luego resurrecto florece en la cocina

de tal modo que asumes cuanto existe



13 из 39