Sed del fuego, abrasadora multitud del estío

que construye un Edén con unas cuantas hojas,

porque la tierra de rostro oscuro no quiere sufrimientos

sino frescura o fuego, agua o pan para todos,

y nada debería dividir a los hombres

sino el sol o la noche, la luna o las espigas.

Soneto XLIII

Un signo tuyo busco en todas las otras,

en el brusco, ondulante río de las mujeres,

trenzas, ojos apenas sumergidos,

pies claros que resbalan navegando en la espuma.

De pronto me parece que diviso tus uñas

oblongas, fugitivas, sobrinas de un cerezo,

y otra vez es tu pelo que pasa y me parece

ver arder en el agua tu retrato de hoguera.

Miré, pero ninguna llevaba tu latido,

tu luz, la greda oscura que trajiste del bosque,

ninguna tuvo tus diminutas orejas.

Tú eres total y breve, de todas eres una,

y así contigo voy recorriendo y amando

un ancho Mississippi de estuario femenino.

Soneto XLIV

Sabrás que no te amo y que te amo

puesto que de dos modos es la vida,

la palabra es un ala del silencio,

el fuego tiene una mitad de frío.

Yo te amo para comenzar a amarte,

para recomenzar el infinito

y para no dejar de amarte nunca:

por eso no te amo todavía.

Te amo y no te amo como si tuviera

en mis manos las llaves de la dicha

y un incierto destino desdichado.

Mi amor tiene dos vidas para armarte.

Por eso te amo cuando no te amo

y por eso te amo cuando te amo.

Soneto XLV

No estés lejos de mí un solo día, porque cómo,

porque, no sé decirlo, es largo el día,

y te estaré esperando como en las estaciones

cuando en alguna parte se durmieron los trenes.



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